Difícil escribir sobre Yiya.
Sobre todas las Yiyas, que es una sola.
Difícil escribir sobre la Yiya envenenadora, que mató a sus tres mejores amigas con masas de cianuro hechas por ella misma.
¿Cómo hacer para no perderse en las subjetividades de lo que produce una asesina? Sin embargo, Osvaldo Bazán pudo y lo hizo con maestría. Su texto es dinámico, reflexivo, objetivo y, sobre todo, divertido.
Difícil escribir sobre Yiya, el musical.
¿Cómo hacer para no perderse en las subjetividades de lo que produce el descomunal talento de Karina K? Imposible. No hay manera. Es imposible saber qué sería de este musical con otra protagonista.
Karina no interpreta a Yiya. La encarna. Con todo el riesgo que significa encarnar a una asesina. Y porque la encarna es que uno se permite reír con esa historia. Porque Karina nos la cuenta con la naturalidad de lo cotidiano. Al mismo tiempo, despliega todo su magnetismo, su inacabable potencial artístico, su contundente capacidad histriónica. El espectador no puede dejar de mirarla. Su trabajo va de los grandes rasgos a la delicada sutileza como si eso fuera fácil. Su trabajo, sin dudas, es de lo mejor de la cartelera porteña.
Sus compañeros de elenco la acompañan, valga la redundancia, con solvencia. Patricio Contreras ofrece una faceta cómica que lo convierte en el personaje más tierno del espectáculo. Su monólogo es una pieza de humor que puede envolverse en una caja de bombones y ponerle un gran moño.
El trío de amigas rozan el buen delirio. Tomás Fonzi tiene el rol más difícil porque le pone drama a la comedia pero sale airoso de su desafío. Fabián Gianola le otorga profesionalismo y mesura tanto a su presentador como al amante.
Ricky Pashkus como director general y Ale Sergi en la música original, completan un equipo de lujo para un espectáculo imperdible.
S.M.


















