Me ha llevado unos días procesar lo que sentí y sentarme a escribir sobre TELEFONISTAS. Porque hay hechos históricos que parecen condenados a una extraña forma de clandestinidad. No están ocultos: ocurrieron, están documentados, tienen fecha, nombres, fotografías, muertos. Y, sin embargo, permanecen en algún borde del relato colectivo, como si nombrarlos le resultara incómodo a “alguien”.
El 16 de junio de 1955 es uno de
ellos.
Ese día, aviones de la Armada Argentina, con participación de sectores de la
Fuerza Aérea, bombardearon y ametrallaron la Plaza de Mayo y sus alrededores
con el propósito de derrocar al gobierno constitucional y asesinar al
presidente Juan Domingo Perón. Más de cien bombas cayeron sobre el centro de
Buenos Aires. Hubo más de trescientos muertos y más de mil doscientos heridos.
Un dato resulta todavía hoy estremecedor: de las más de trescientas víctimas
fatales, sólo doce estaban dentro de la Casa Rosada. Las demás estaban afuera.
Trabajaban. Caminaban. Esperaban un
colectivo. Iban a la escuela. Hacían un trámite. Cruzaban una plaza. Vivían.
TELEFONISTAS,
escrita y dirigida por Martín Ortiz,
se mete en ese acontecimiento brutal de una manera teatralmente inteligente: no
comienza mirando las bombas. Mira la vida que todavía no sabe que las bombas
están por llegar.
Las protagonistas son tres telefonistas de la Casa Rosada. Celeste Gerez, Carla Haffar y Luciana Procaccini –exquisitas las tres- construyen con enorme solidez ese pequeño mundo femenino hecho de conversaciones, risas, chismes, fastidios, complicidades, diferencias, ilusiones y pequeñas miserias. Llegan a trabajar como cualquier otro día. Y nosotros entramos con ellas en esa rutina.
Nos reímos. Ese detalle es
fundamental.
Martín Ortiz
no nos exige desde el comienzo la solemnidad de quien sabe que está frente a
una página trágica de la Historia. Por el contrario: nos deja olvidar durante
un rato lo que sabemos. Nos permite compartir la intimidad de esas mujeres,
enternecernos, divertirnos con sus ocurrencias, reconocer los mecanismos
universales de cualquier grupo de compañeros de trabajo.
La llegada del Coronel —excelente y
sutil trabajo de Cristian Sabaz—
altera ese ecosistema. Mano derecha del General, su presencia introduce otras
tensiones y genera discordias.
Todavía nada parece demasiado grave.
Pero algo empieza a filtrarse.
Entre los dimes y diretes aparecen las
diferencias políticas, las pertenencias, los prejuicios, las lealtades. Y las
traiciones. Y aquello que parecía apenas conversación cotidiana empieza a
revelar que ninguna conversación cotidiana está completamente separada de la
Historia. Hasta que la Historia entra. O, mejor dicho, cae del cielo.
El autor llama a TELEFONISTAS una “comedia trágica” y explica que su trabajo alrededor
de la historia argentina parte de una pregunta: qué sigue viviendo hoy de
aquello que alguna vez vivimos como país. Esa voluntad de hacer conversar
pasado y presente está explícitamente en el origen de la obra.
Pero hay una decisión de puesta que, para
mí, concentra toda su potencia: Las telefonistas están dentro de la Casa Rosada
y allí hay un gran ventanal a Plaza de Mayo.
¿Pero qué hay realmente detrás de ese
ventanal?
La platea. Es decir: nosotros.
De pronto ocurre algo extraordinario.
Teatralmente, la Plaza de Mayo estamos siendo nosotros. Los espectadores somos
esa multitud que está afuera. Y entonces la distancia tranquilizadora de los
setenta y un años desaparece.
Porque cualquiera de nosotros podría
haber estado allí aquel jueves 16 de junio de 1955. Y no hacía falta ser
dirigente político, militante ni protagonista de nada. Bastaba con haber ido a
un desagravio a la Bandera, cosa a la que –perversamente- habían convocado las
Fuerzas Armadas. O estar yendo al trabajo, a la escuela, paseando. Esperando a
alguien. Caminando por el centro. Bastaba con vivir.
Quizás ésa sea una de las cosas más
inquietantes que puede producir el teatro cuando decide trabajar con la
memoria: devolverle cuerpo a aquello que los libros inevitablemente convierten
en cifras.
“Más de trescientos muertos” es un
dato. Una persona sentada en una platea es un cuerpo. Y cuando la Plaza de Mayo
es esa platea, los muertos dejan de ser “aquellos”. Podríamos haber sido
nosotros.
Podemos ser nosotros.
Y allí TELEFONISTAS deja
definitivamente de ser una obra sobre 1955. Porque sería demasiado cómodo
pensar la violencia política únicamente como una bomba que cae de un avión.
No se trata de equiparar acontecimientos ni de decir que un decreto es una bomba. Se trata de preguntarnos cuántas maneras existen de atacar aquello que pertenece a una comunidad. Cuánto daño puede producirse también desde un escritorio, mediante decisiones administrativas, presupuestarias o políticas que recaen sobre cuerpos concretos. Los nuestros.
En la Argentina de hoy perdemos
recursos para la salud, la educación pública, las jubilaciones y las
prestaciones destinadas a personas con discapacidad. Y hace apenas unos días,
el Decreto 687/2026 dispuso formalmente la disolución del Coro Nacional de Niños.
Son discusiones distintas, con
dimensiones y violencias que no deben confundirse con las de 1955. Pero el
teatro permite formular esa pregunta.
¿Desde dónde llegan hoy las cosas que
caen sobre nosotros?
Tal vez por eso importa tanto recordar
aquel 16 de junio.
Porque también resulta inquietante que
semejante acontecimiento no ocupe todavía en nuestra memoria colectiva el lugar
proporcional a su atrocidad: fuerzas militares argentinas bombardeando una
ciudad argentina y atacando a su población civil desarmada. El propio sitio
oficial dedicado al episodio señala el carácter excepcional de que integrantes
de las Fuerzas Armadas de un país bombardearan a su propia población con el
objetivo de sembrar terror y tomar el poder.
Y frente a los silencios de la Historia
aparece el Teatro. No necesariamente para reconstruir aquello como un museo.
Puede hacerlo desde tres mujeres atendiendo teléfonos. Desde un chisme. Una
risa. Un enojo. Un hombre entrando a una oficina. Desde la absoluta
insignificancia de un día cualquiera que, sin que nadie pueda advertirlo, está
a punto de dejar de ser un día cualquiera y modificar la vida para siempre.
Tal vez la enorme virtud de
Telefonistas sea no mostrarnos primero las bombas sino aquello que las bombas
destruyen: la conversación, el trabajo, la amistad, la rutina, la vida.
Cuando terminó Telefonistas no tuve la
sensación de haber mirado hacia 1955. Tuve la incómoda sensación de haber
mirado por una ventana. Y de descubrir que, del otro lado, estábamos nosotros.
En esa Plaza de Mayo devenida en platea, estábamos nosotros. Y ésa es una
imagen difícil de olvidar.
QUIÉNES LO HACEN:
Autor: Martin Ortiz
Actúan: Celeste Gerez, Carla Haffar, Luciana Procaccini, Cristian Sabaz
Voz en Off: Carolina Guevara
Vestuario y escenografía: Jorgelina Herrero Pons
Diseño de maquillaje y peinados: Silvia Zavaglia
Música original: Rony Keselman
Diseño De Iluminación: Eduardo Safigueroa
Asistencia de dirección: Violeta Ortiz Laski
Prensa: Paula Simkin
Dirección: Martin Ortiz
DÓNDE LO HACEN:
CENTRO CULTURAL DE LA COOPERACIÓN
Corrientes 1543 - CABA
Los viernes a las 20:30 hs - Hasta el 25/09/2026


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