Mostrando entradas con la etiqueta Andamio 90. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Andamio 90. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de marzo de 2026

ENTRE EL GRITO Y EL SILENCIO, LA VERDAD DE LA DENUNCIA

El reestreno de EL GRITO Y EL SILENCIO, de Selva Palomino, abrió la Temporada 2026 de Andamio ’90 con la intensidad que solo el buen teatro sabe provocar: esa mezcla de conmoción, pensamiento y belleza que deja al espectador horadado por lo que acaba de ver.

La obra propone un territorio delicado y urgente. Un espacio donde aquello que muchas veces se calla —por miedo, por dolor o por imposición del poder— encuentra finalmente un cauce para decirse. En ese cruce entre lo que se grita y lo que se calla, entre lo visible y lo oculto por la historia, la dramaturgia de Palomino construye una trama que se asoma a una zona incómoda de nuestro pasado. Allí, las voces silenciadas de mujeres jóvenes y las preguntas de quienes buscan su origen abren una grieta en el relato oficial. Sin subrayados ni golpes bajos, la obra deja entrever cómo la violencia ejercida desde el poder puede marcar destinos, cuerpos y generaciones. 

En el centro de ese dispositivo están Gabriela Villalonga y Luciana Procaccini, dos intérpretes que sostienen el espectáculo con actuaciones memorables. Ambas despliegan un notable trabajo de composición, transitando diversos personajes y perspectivas que van revelando, pieza a pieza, el complejo rompecabezas de la historia. Incluso encarnan, desde miradas opuestas, la figura masculina que condensa el abuso de poder: una presencia que aparece filtrada por la memoria, el dolor y la búsqueda de verdad. El resultado es un juego escénico de gran intensidad, donde cada cambio de registro amplía el sentido de lo que se narra.

La dirección de Fabi Maneiro se destaca por su inteligencia y sensibilidad. Con una puesta delicada, precisa y a la vez contundente, Maneiro entiende que la potencia de esta obra está en lo esencial. Nada sobra, nada busca imponerse por exceso. Cada gesto, cada pausa, cada grito, cada silencio parece pensado para permitir que el texto y las actuaciones respiren y desplieguen toda su fuerza.

El resultado es un espectáculo que conmueve sin manipular, que interpela sin violentar y que deja resonando preguntas necesarias sobre la memoria, el poder y la identidad. En tiempos donde muchas veces el ruido tapa lo importante, EL GRITO Y EL SILENCIO recuerda que el teatro sigue siendo un lugar privilegiado para decir en un aullido profundo y sutil aquello que la historia intentó callar.


Un trabajo sólido, sensible y profundamente humano.

Un espectáculo absolutamente recomendable.

Stella Matute
Tenerte al Tanto
Marzo´26


QUIÉNES LO HACEN:

Autora: Selva Palomino

Actúan: Luciana Procaccini, Gabriela Villalonga

Vestuario: Jorge Hirschfeld

Sombreros: María Auzmendi

Edición de sonido: Ariel Piccinali

Asistencia, fotografía y diseño gráfico: Iván Lifschitz

Prensa: Daniel Franco

Producción, puesta en escena y dirección: Fabi Maneiro

 

ANDAMIO '90
Paraná 660 - CABA
Teléfonos: 1130277499 / 4373-5670
Viernes - 20:00 hs


miércoles, 21 de junio de 2017

ROBESPIERRE, el político que decía lo que pensaba

¿Cuál es en vuestra opinión el motivo que atrae a las ejecuciones públicas? 
¿La inhumanidad? Os equivocáis: el pueblo no es inhumano; 
a ese desgraciado en torno a cuyo cadalso se agolpa, lo arrancaría 
de las manos de la justicia si pudiera. Va a buscar a la plaza de Grève 
una escena que pueda contar a su regreso al arrabal, ésa u otra, 
le da igual mientras tenga un papel, junte a sus vecinos 
y se haga escuchar de ellos. Dad en el bulevar una fiesta divertida 
y veréis que la plaza de las ejecuciones está vacía. El pueblo está ávido 
de espectáculos y acude a ellos porque se divierte cuando 
los disfruta y se divierte también cuando los cuenta a su regreso.
Denis Diderot  (1713 - 1784)


Maximiliano Robespierre, “El Incorruptible”, vivió tan sólo treinta y seis años. Claro está que en la Francia de entonces, sobre todo para quienes actuaban en política, la vida no parecía proponer mucho más tiempo para disfrutarla. Valgan como ejemplo estas cortas existencias, Danton: treinta y cinco años, Luis XVI: treinta y nueve, Sanint Just: veintisiete, María Antonieta: treinta y ocho, Desmoulins: treinta y cuatro, su esposa Lucile Duplessis: veinticuatro, Couthon: treinta y nueve, Madame Roland: treinta y nueve y así podríamos seguir.

Miembros de la realeza, aristócratas, burgueses, campesinos, ya varones, ya mujeres, eran llevados a la guillotina; tétrico símbolo de la igualdad.

En la vieja Francia la pena de muerte por metal estaba reservada para los nobles, el populacho era ejecutado mediante una tosca soga de cáñamo. La Louison o Louisette, como la llamaba cariñosamente Marat, sirvió para que rodaran casi mil doscientas cabezas en la Plaza de la Concordia durante la revolución. Paradojalmente, Marat no murió en la guillotina, y hasta gozó de cierta longevidad; fue apuñalado, por Charlotte Corday, a los cincuenta años en la tina donde trataba de calmar los males que padecía en su piel. Charlotte sí fue guillotinada, ella tenía veinticinco años.
Esta orgía de sangre tuvo en Maximiliano Robespierre a uno de sus fundamentales protagonistas. Curiosamente este hombre que fue un niño abandonado por su padre y huérfano de madre, era un tenaz opositor a la pena de muerte en sus primeras incursiones en la política, y un férreo defensor de los derechos de los desposeídos.

En 1757, un año de antes del nacimiento de Robespierre, Robert François Damiens fue condenado por el intento de homicidio de Luis XV. Por entonces, el regicidio se igualaba con el parricidio, y si bien el rey sólo había recibido heridas leves, Damiens fue condenado a un suplicio espantoso. El joven Robespierre estaba vivamente impresionado por ese relato y también por las lecturas de Rousseau y Voltaire, pero ellos murieron en 1778. Vale decir que no alcanzaron a ver la revolución. Tampoco vivía Diderot en 1789 y Montesquieu había muerto aún antes.

Robespierre comprendió pronto que “hacer” la revolución no era lo mismo que pensarla. Inglaterra era una permanente amenaza, la guerra con Austria que proponían algunos era un camino al desastre, la monarquía constitucional un sueño absurdo, y los usureros un verdadero cáncer para la república. Los pobres podían traicionar por una hogaza más de pan, los burgueses una vez sentados en los sitiales de poder podían caer en los mismos vicios de los aristócratas. Los  “moderados” y los ateos no eran dignos de confianza. Los unos porque con su tolerancia cometerían, necesariamente, traición a la patria, los otros porque al negar a un Ser Supremo perderían el sentido mayúsculo de la virtud. Robespierre, el incorruptible, entendió que “El terror, sin virtud, es desastroso. Pero la virtud, sin terror, es impotente”. Como sugería Nicolás Maquiavelo más de dos siglos antes, Maximiliano Robespierre se convence de que es mejor ser temido que ser amado.

Atreverse con esta historia para producir un hecho teatral es una tarea de alta complejidad. Decidirse hacerlo en un espectáculo unipersonal parece aumentar las dificultades, y elegir a una mujer para interpretar a Maximiliano Robespierre pone a tal empresa al borde de la calidad de ciclópea. La cosa es que con su obra “Robespierre” la autora Mónica Ottino abordó semejante desafío, y para lograr el muy buen resultado alcanzado contó con la dirección de Alejandro Giles y el atinado aporte de la música original de Damián Mahler; y un párrafo aparte merece la elección de la protagonista Mónica Lleó. La actriz es dueña de una inusual expresividad, de un gran instrumento interpretativo, y transita con solvencia los diferentes estados que propone el personaje. No elige la zona del confort sino que arriesga en cada matiz de su interpretación y sale siempre airosa. Produce en la platea momentos de intensa emoción como cuando entona La Marsellesa, y elige una oximorónica construcción cuando representa, casi al borde de la farsa, el trágico final con pistoletazo en la mandíbula y descontrol de esfínteres, que acompañaron a Robespierre antes de enfrentarse con la guillotina.
Lleó no necesita ni off ni proyecciones para apoyarse. Ella sola puede, o podría en este caso, generar todo el universo para contar la historia con la que se ha metido.

La puesta subraya que quizá Diderot haya fracasado en aquella idea del acápite. Tal vez haya más seres humanos que los que él imaginaba a quienes les complazca observar suplicios. Hoy las ejecuciones ya no son públicas, pero se las puede apreciar por youtube y otros medios similares. Esto incluye ahorcaduras, fusilamientos, lapidaciones, diferentes formas de degüellos y decapitaciones. Y hay quienes se regodean con esas imágenes.

Pero, para los que aún preferimos otro tipo de espectáculos, la sala de Andamio 90 ofrece, todos los viernes a 20:30, un espectáculo altamente recomendable que cuenta con Mónica Lleó, una actriz excelente.

 F.M. y S.M.

Ficha técnico artística:

Autora: Mónica Ottino
Actriz: Mónica Lleó
Vestuario, luces y arte: Alejandro Giles
Pelucas: Edith Rodriguez
Fotos: Santiago Botet
Música original: Damian Mahler
Asistencia de dirección: Micaela Orzabal
Dirección: Alejandro Giles

ANDAMIO ´90
Paraná 660 - Capital Federal - Reservas: 4373-5670
Entrada: $ 200,00 / $ 150,00 - Viernes - 20:30 hs.

domingo, 29 de mayo de 2016

Los derechos de la salud


Florencio Sánchez nació en Montevideo en 1897 y falleció en Milán en 1910. Vale decir que vivió sólo treinta y cinco años. Su obra “Los derechos de la salud”, pieza que tiene como punto de partida dramático la tremenda presencia de la tuberculosis –enfermedad que lo llevaría a la muerte– fue estrenada en 1907.
La puesta que Alfredo Martín ha encarado enfrenta, con las mejores armas, el desafío de mantener la retórica de Sánchez, propia de los albores del Siglo XX, para mostrarnos que la paradoja de “Los derechos de la salud” todavía nos involucra.
Ni los paradigmas morales de entonces, ni las escuálidas respuestas de un existencialismo positivista en pañales, alcanzaban (ni alcanzan) para dilucidar la contradicción; porque cuando hablamos de “derechos de la salud” parecería que nos referimos –exclusivamente– a los enfermos.
Martín encara una puesta que rompe con cualquier tipo de límite entre lo fenoménico y lo perceptual. El teatro está ahí, y nosotros también.
Los puntos de vista quedan al arbitrio de cada espectador, y las actuaciones de Mercedes Fraile (Luisa), de Macelo Bucossi (Roberto), de Élida Schinocca (Mijita), de Lorena Szkely (Renata), de Daniel Goglino (Dr. Ramos), de Rosana López (Albertina), y Cecilia Sanjurjo (violinista), rozan la perfección.
Porque claro está que, como no puede ser de otro modo, para que el resultado del desafío que ha decidido aceptar Martín llegue a buen puerto se requiere un trabajo impecable de actrices y actores, Y esto, insisto, aquí se ha conseguido, y con creces.
La presencia formidable (valga el oxímoron) de la fragilidad de cada uno de los personajes ante la inminencia de la muerte, sólo acentuada por el exquisito recurso del sonido de un violín estremecedor, aparece sin el menor juzgamiento, y entonces queda flotando la pregunta: ¿Los derechos de la salud, son sólo para los enfermos? (F. M.)


Ficha técnico artística


Autoría: Florencio Sánchez
Versión: Alfredo Martín
Actúan: Marcelo Bucossi, Mercedes Fraile, Daniel Goglino, Rosana López, Elida Schinocca, Lorena Szekely
Músicos: Cecilia Sanjurjo
Vestuario: Mercedes Piñero
Escenografía: Marcelo Jaureguiberry
Iluminación: Fernando Díaz, Marcelo Jaureguiberry
Diseño gráfico: Gustavo Reverdito
Asistencia de dirección: Dana Olivieri
Prensa: Silvina Pizarro
Dirección: Alfredo Martín

En Andamio 90 - Los viernes a las 20.30
Paraná 660 - Capital Federal
Reservas: 4373-5670