El verbo "rescatar" tiene varias acepciones. Recuperar aquello que pasó a otras manos. Liberar algo de un peligro. Recobrar el tiempo perdido. Volver a poner en uso aquello que estaba olvidado y/o estropeado.
Cualquiera de ellas podría explicar la decisión de Laura Manzini de ponerle por título "Canciones rescatadas" a su último espectáculo. Aunque, después de verlo, uno comprende que el título encierra todavía algo más: rescatar también puede ser volver a mirar. Volver a escuchar. Darle presente a aquello que alguna vez supo decirnos quiénes éramos y que, por esas extrañas vueltas de la historia, vuelve a hablarnos de quiénes somos.
Laura reúne un puñado de canciones que formaron parte del Instituto Di Tella, el café concert y la llamada nueva canción. Temas que en los años sesenta y setenta encontraron en artistas como Jorge Schussheim, Jorge de la Vega, Carlos Perciavalle, Nacha Guevara, Marikena Monti o Gian Franco Pagliaro algunas de sus voces y presencias más emblemáticas.
Pero la actriz y cantante no hace arqueología musical. No desempolva canciones para exhibirlas como objetos de museo. Las encarna.
Y ahí está, quizá, una de las mayores virtudes del espectáculo.
Actriz antes, durante y después de cada nota, entiende que aquellas canciones no fueron solamente melodías o letras ingeniosas: fueron modos de observar el país, de señalar sus contradicciones, de reírse del poder, de nombrar injusticias, prejuicios, frustraciones y absurdos. Por eso las interpreta desde el presente y permite que aparezca, casi inevitablemente, la inquietante sensación de que algunas cosas cambiaron mucho y otras parecen obstinarse en regresar exactamente igual.
La historia argentina asoma entonces entre canción y canción con sus ciclos, sus pérdidas, sus desigualdades y esa persistente inestabilidad que tantas generaciones aprendieron a reconocer.
Y, sin embargo, "Canciones rescatadas" nunca abandona el juego.
Porque Laura Manzini elige hablar de asuntos incómodos desde un territorio históricamente asociado al brillo, la picardía y el glamour: el café concert. Lo hace con talento, ductilidad, humor y una simpatía escénica que establece rápidamente una complicidad con el público. No sermonea. No baja línea. Seduce primero y deja que las palabras hagan después su trabajo.
En esa travesía tiene un compañero fundamental en Damián Báez, cuya presencia al piano excede largamente el acompañamiento. Su trabajo posee verdadero peso artístico y construye junto a Manzini el pulso, el clima y la identidad musical del espectáculo.
También resulta especialmente inteligente la participación de Alejandro Mateo en los elementos escenográficos y el vestuario, que recuperan el espíritu de aquel universo sin caer en una reproducción nostálgica. Todo parece citar una época y, al mismo tiempo, pertenecer plenamente al presente.
La dirección de Marina Svartzman acompaña ese delicado equilibrio. Hay precisión sin rigidez y una mirada atenta para permitir que convivan la cantante, la actriz, la comediante y la mujer que cuenta. Nada necesita ser subrayado porque las canciones, cuando están bien elegidas y mejor interpretadas, saben defenderse solas.
Tal vez de eso se trate, finalmente, rescatar.
No de regresar a un tiempo idealizado. Tampoco de sentir nostalgia por aquello que fue.
Rescatar puede ser traer algo hasta nosotros para volver a preguntarnos qué hacemos con ello.
Laura Manzini rescata canciones.
Y al hacerlo rescata una manera de mirar, de recordar, de reírnos de nuestras desgracias y de mantener despierta cierta memoria cultural que convendría no dejar otra vez olvidada.
Porque a veces la memoria también puede llevar lentejuelas.
Viene haciendo funciones en distintos espacios culturales. Estén atentos y no se la pierdan.



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